Adiós Trump. Hasta aquí hemos llegado

Hasta aquí he llegado. Cierro la cuenta de Twitter @ouTRUMPsumer un par de años después de abrirla. Podría darle muchas vueltas (y se las daré en este texto) pero el resumen es que no quiero seguir, porque siento que no sirve para nada. Ni para mí ni para otros.

Y de esta sensación sale una reflexión que creo que sí puede ser interesante para otros y por eso la comparto. Todo este proceso no ha sido más que un aprendizaje sobre mí mismo, aunque esa no fuera la intención inicial.

Creé esa cuenta principalmente por dos motivos. El primero es que me fascina Trump. Me fascina que ganara, me fascina que siga en el poder, me fascina que haya gente que lo vote y que haya gente que lo defienda. Me fascina porque no lo entiendo. Así que el primer motivo era intentar entenderlo. Desde una aproximación visceral, sí, pero también desde la curiosidad.

El segundo motivo es que no quería hacerme pesado. No quería inundar mi timeline de tuits sobre Trump (ya que sabía que el tema daría para varios tuits al día, cada día; como así ha sido, por cierto), así que pensé que era una buena idea crear una nueva cuenta con este contenido para quien lo considerara interesante. Viendo la evolución de los seguidores parece que estaba en lo cierto. No en lo de que sería interesante, sino más bien en lo que me haría pesado. Sí, muchos aguantaban una semana y luego se iban.

Esa fue la primera señal de que esta cuenta no era para otros, sino para mí. Tuiteaba ahí porque lo necesitaba, porque me hacía sentir bien. Me hacía sentir que estaba en el lado correcto, en el lado de los buenos. Si señalas lo que otro hace mal, indirectamente estás diciendo que tú lo haces bien.

Pero entonces algo empezó a chirriar. Empecé este viaje seguro de estar en el bando bueno. Seguro de que Trump era el mal encarnado. Y ojo, sigo estando seguro, pero por motivos diferentes. Al principio no había duda: todo lo que decía Trump estaba mal, siempre mentía, todo era incorrecto. Pero con el tiempo me di cuenta de que para mantener esa verdad estaba usando todas aquellas falacias y actitudes que reprocho en otros (y en el propio Trump, claro).

A saber: elegir solo los datos que me interesan, ridiculizar el argumento del otro por un error que no es sustancial (ortográfico, por ejemplo), dar por bueno el argumento de uno de tu bando sin contrastarlo, usar el humor o la exageración para no afrontar la esencia del argumento del otro, buscar siempre el lado negativo del argumento del otro y nunca el positivo, etc.

Y eso me llevó a preguntarme si estaba en lo cierto o si solo estaba imitando lo mismo que critico, pero del otro lado. Si simplemente era un debate tramposo y estéril entre dos posturas enfrentadas. La respuesta a la que he llegado es que ni sí ni no, sino todo lo contrario. Es decir: sí, he usado estas tácticas que odio. Y no, estas tácticas no quitan la razón, sino que son armas en una guerra de guerrillas. Todos las usan (usamos), pero no denotan más que ganas de ganar. Tener la razón, si es que eso es algo que se pueda lograr, es otra cosa.

Así que intenté cambiar un poco mi actitud. Leí Fear, de Bob Woodward, y hubo momentos en los que hasta empaticé con Trump. En los que entendí lo que hace bien y valoré algunas de sus virtudes. Puse en contexto y maticé. No te confundas: el libro es devastador. Pero incluso en ese contexto, cambió mi visión. Intenté ser más crítico con aquellos que dan la razón a mi bando (los Colbert, Meyers, Madows, etc.).

Y llegué a una conclusión satisfactoria que en cierta forma resuelve el conflicto interior. Todo esto me hace sentir bien. Escuchar, leer, tuitear opiniones que me dan la razón me hace sentir bien. A mí y a todos (lo mismo pasa con los seguidores de Trump). Da igual que sea más o menos cierto o que use más o menos falacias: me hace sentir bien. Y está bien hacerlo, por qué no. Pero siempre sabiendo que es una indulgencia, un pequeño placer, una inversión en salud mental. El error es pensar que así se gana la guerra de la razón.

Si quitamos la superficie y nos fijamos en el fondo, me reafirmo en mi postura. Sigo pensando que Trump representa todo lo que odio en otros (maleducado, racista, ególatra, mentiroso, irresponsable, inculto, poco empático…) y lo considero perjudicial a todos los niveles, pero también creo que así no es como se combate.

Una de las muchas cosas que se ha inventado Trump es el “Trump derangement syndrome“. Es decir, el síndrome de locura que provoca Trump. Es el ejemplo perfecto para explicar cómo funciona y cómo he estado perdiendo mientras pensaba que estaba ganando durante este tiempo. Me explico: Trump suelta una chorrada, algo indigno y casi siempre falso, escandaloso para los estándares normales. La respuesta, pues, es también de un estilo parecido. Y ahí está la trampa: Trump te lleva a su terreno y ahí te gana por goleada.

Para describirlo de forma más gráfica: es el que te pincha hasta que saltas y luego te dice “eh, tranquilo”… Y yo he picado desde el minuto 1. Desde el minuto 1 he pensado que había que exponer cada una de las mentiras, cada una de las falsedades. Que cada día había que explicar que este señor hace cosas que no corresponden a un Presidente.

La prensa ha hecho lo mismo y ha acabado cayendo en la caricatura que el propio Trump ha promovido. No se puede informar sobre Trump de forma neutral (se puede, claro, pero no cunde y se siente incorrecto, sea cual sea tu posición ideológica) porque todo lo que hace está fuera de lo normal. Está fuera de lo normal de forma intencionada.

Trump mueve los postes y consigue que el día que hace algo normal parezca excepcional. Y, al mismo tiempo, consigue dos cosas más: ser visto como la víctima porque, efectivamente cada día se le critica sin piedad, y acumular munición. Sí, Trump es capaz de reciclar los ataques que recibe, dispararlos hacia sus rivales y multiplicar el daño que les hace. Me explico:

Trump miente varias veces al día, cada día, en público. Ha batido todos los récords presidenciales. Sin embargo, si un rival dice UNA mentira o una inexactitud, Trump enarbola el “ves? me llaman a mí mentiroso, pero mira tú”. Lo mismo con lo de la locura, con lo de ser inculto, con lo de no cumplir promesas, etc. Es tremendamente efectivo.

Lo que he aprendido en todo este tiempo es que alguien como Trump no pierde nunca. Literalmente. Es imposible. Y cuando objetivamente pierde, sale reforzado. Alguien capaz de mentir de forma habitual y ser inmune a las críticas por ello, es invencible. ¿Cómo lo vas a ganar? ¿Gritando aún más fuerte que miente? Da igual. Siempre da igual. A sus seguidores (que compran el argumento de que él es la víctima, de que los rivales también tienen defectos y por lo tanto, mejor quedarme con el mío) les da igual. No sirve para nada.

Mi intención inicial era comentar todos los tuits del presidente (es que todos dan juego…), pero no he podido seguir el ritmo. Es decir, el Presidente de los Estados Unidos tuitea a un ritmo mayor que un tipo que vive de las redes y que lleva más de 300.000 tuits en Twitter. Me puede. Lo mismo pasa con la prensa: los fact-checkers están, literalmente, desbordados. Y además, haciendo (tanto ellos como yo) un trabajo que no sirve para nada.

Y bueno, a eso voy. A que no sirve. A que la forma de combatir aquello que (creo que) está mal en Trump es obviarlo. Hablar de otras cosas, de otra gente, hablar en positivo. La guerra por tener la razón no se gana gritando más ni hablando más ni usando más trucos dialécticos. La guerra se gana cuando se habla de lo que tú quieres, desde tus premisas. Como hace Trump.

La forma de combatir a Trump es obviarlo. Y en eso estamos. Hasta aquí hemos llegado.

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